Ejercicio 4:
Taller de la deriva.
22 de Enero.

Día en Las Peñas.
Después de meses de clases imparables, he comenzado a sentirme un poco cansada, para
nada como los primeros días de cada semestre. Sentir un gran interés por las clases, cada día es algo
nuevo pero a la vez un inexplicable sentimiento de fatiga. Ésta clase me salvó, y se que es muy exagerado
resaltarlo de ésta manera, pero es solo una modo de llamarlo, pues me sacó por un momento
de este diario vivir.
Debo aceptar que entre algunos no me sentía tan motivada con éste tipo de excursión, ¿qué
puedo decir?, es probable que me haya adaptado al ritmo poco movido que llevaba, entre las razones
de mi desmotivación estaba el grandioso e inigualable sol de la perla del Pacífico y las múltiples
calles que debíamos de caminar para llegar a nuestro destino, el barrio Las Peñas.
Cuando todos mis compañeros de clase empezaban a salir uno a uno, junto a mi grupo de
amigos con quien comparto la misma clase, me sentía como si fuéramos algún tipo de babosas, o
algo así, casi que arrastrándonos en el suelo hirviendo, estando de últimos como si fuéramos los
mas lentos, derritiéndonos y mejor ni pensar en el sudor, pero está bien, no puedo tacharlo de que
haya sido todo un suplicio, no lo fue, estábamos físicamente exhaustos por el clima, pero nuestros
ánimos no cambiaron en absoluto, se que internamente nos sentíamos alegres por éste día, lo podría
ver en el rostro de mis amigos y en mí, por algo estaba ahí, por algo había decidido movilizarme
junto a ellos hacia allá, como siempre caminamos entre bromas, conversaciones banales y sí, muchas
tonterías. Sé que todos se sentían bien de salir y que esto formara parte de una clase.
Es un poco intrigante el como simples conversaciones pudieron cambiar el animo que nos
transmitió el calor de ese día, en cuestión de minutos ya no éramos babosas, ya éramos nosotros,
nos llenamos de energía y alcanzamos al resto del grupo poco antes de llegar al cerro, entonces junto
a los demás pudimos disfrutar de como ante nosotros estaban la peñas convertidas en una galería
de arte publica, nos despertó tanto, que tras la sugerencia de que finalmente subiéramos, no pudimos
negarnos.
Se sintió mucho mas la libertad a partir de éste momento, el sol era mas fuerte, pero esto no era un
gran problema, todos hablaban entre todos y en el camino fue inevitable el detenernos por algo para
beber, pero sí, continuamos subiendo hasta llegar a nuestro objetivo, disfrutar de la vista y porqué
no, de la ciudad.